Revolución democrática

11 Ene

Cada día que pasa, siento más desconfianza en el sistema político actual de España. Mayor corrupción, mayores mentiras, mayor descaro… y menor libertad, menor poder adquisitivo, y menor participación.

Ha llegado un momento, en el que cuando sale una noticia relacionada con que un político ha robado (dicho de otra forma, “ha malversado”), a nadie le asombra. Es más, si no es una cantidad bastante grande, resulta incluso normal. La desconfianza en los políticos abarca tanto a los que tienen el poder, como a los que tratan de hacerse con él. Ya apenas queda gente en la que creer, gente que cuando tenga un mínimo de poder, no deje sus principios a un lado para recibir favores, o conseguir apoyo de diferentes sectores.

El poder judicial comienza a ser descaradamente partidista en algunos casos, y en otros, como en el ámbito de Internet, empieza a no pintar absolutamente nada desde que unas peculiares leyes les quitan importancia, y se la dan a otros sectores.

Empezamos a llegar al todo vale, y el asombro por ver como culpables de delitos están en la calle, porque han retorcido la justicia hasta convertirla en algo moldeable a su favor, resulta patético.

Muchas veces me pregunto en mi vida sobre el límite de las cosas. Cuándo algo deja de ser justo y se convierte en injusto. Cuándo el bueno se convierte en malo. Cuándo los favores se convierten en oscuros negocios.

¿Hacia dónde vamos? ¿Acaso nuestro voto legitima que una serie de personas hagan lo que quieran, a pesar de contar con la negativa de muchos? ¿O que el que yo no haya votado a alguien, implica que ése no tenga razón en ciertos aspectos? En todo caso, ¿dónde está el límite entre el buen uso del poder y el abuso del mismo? ¿Las votaciones se hacen pensado en el bien común; o solo pensando en cómo rentabilizar, ya sea con dinero o apoyos aquella parcela de poder que unos pobres incautos han entregado? No solo me refiero a los que gobiernan países, sino ciudades, municipios o pueblos.

Democracia, bonita palabra. Pero como dijo un sabio; la democracia sólo parece adecuada para un país muy pequeño. Cuando es grande, hay muchas personas, opiniones, dinero… y poder.

¿Dónde ha ido a parar la coherencia? ¿El premio Nobel de la Paz lo tiene Obama y no lo tiene Gandhi? ¿Dónde está el límite de la cordura?

En fin, hasta aquí esta breve ida de olla.

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