Lo triste es que éramos como éramos…

13 Oct

Este texto es de Sergio Carrión (@sergiocarrion), quien publicará un libro a final de año con cosas como ésta o las que podéis ver en su página de Facebook, “En un mundo de grises“.

Lo triste es que éramos como éramos porque muchas veces no habíamos podido ser con alguien. Éramos un montón de cicatrices conservadas, al vacío, entre la piel y los huesos. Adentro, donde dicen que también está la belleza. Qué ironía. ¿Sabes? Aún no he podido conocer una sola noche; una sola; en la que no me desconozca, aunque sea un poco. El reloj da la una de la madrugada y salgo al porche y me pongo a mirar el cielo. Y mientras me fumo un cigarro conjugo toda clase de preguntas. Por qué y cómo. Hasta cuándo y con quién. Por cuánto tiempo o hasta dónde. Luego se hace demasiado tarde y no me da tiempo a responder ninguna. Me voy a dormir con la presión de aquel que sabe que se deja para mañana lo que tendría que haber hecho ayer.

Es un vicio, como la nicotina, quejarse de la herida antes de que duela. Echar de menos algo que nunca tuviste. Pensar que ya no te ama alguien que nunca te quiso. Tengo la sensación de que hemos levantado nuestra vida sobre la base inestable de un montón de ojalás que terminaron convirtiéndose en nuncas. Siempre parece que estemos a punto de ceder. Y es que hay personas que te rompen, pero no del todo. Ni siquiera tienen ese detalle. Te dejan así, a medio destruir, como un montón de ruinas que aún se sostienen. Y además creo que podemos llegar a necesitar a alguien más de lo que podemos necesitarnos a nosotros mismos. ¿Puede ser vida sin nadie? Escuché una vez que la felicidad sólo es real cuando se comparte, y quizá sea verdad. Me gusta pensar que sí. Pero es tan difícil, en estos tiempos, encontrar a una persona que quiera oírte. O que sepa hacerlo. O a lo mejor el problema es que nosotros hace mucho que no hablamos de lo importante. Que hace mucho que no abrazamos con los ojos cerrados, como si salvásemos a alguien. Que hace tiempo que no dejamos de querer arreglarlo todo, en lugar de desear dejar de romperlo. Nos perdemos constantemente en el mismo sitio en el que estamos. ¿Quién dijo que los laberintos no podíamos ser nosotros mismos?

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