Lo que en su momento pasó por Tumblr

16 Dic

Tumblr como válvula de escape externa no está mal. Son muchos los borradores que fui publicando allí en su momento, a destiempo respecto a cuándo se referían y no quiero perderlos si algún día la página desaparece de nuevo. Así que aquí va una pequeña muestra.

Sí, sé que eso fue como si te hubiese dado un beso en la frente. Desde el mismo momento en que lo mandé, sabía que era una despedida, un “te deseo lo mejor”, un “te extrañaré mucho”. Un “ojalá pudiese ser mejor y darte todo lo que necesitas”.

 

Si pudiese susurrarte al oído todo lo que pienso seguramente te estremecerías o sentirías vértigo. Incluso puede que miedo. O empezarías a sentir al igual que yo, que da igual perder, porque ya estamos perdidos y quién sabe si vagando juntos por las ruinas de los recuerdos encontramos un camino que nos lleve a alguna parte. Y si no, me da lo mismo, a lo mejor lo único que quiero es agarrarte de la mano y sentirte cuando me miras. Volver a sentirte.

 

¿Qué caprichosa es la memoria, verdad? Muchas veces nos olvidamos de cosas que no queremos, se nos escapan detalles, nombres, recuerdos. Precisamente que sea implacable con aquello que consideramos más relevante en multitud de ocasiones, es lo que hace más inexplicable que repentinamente nos acordemos de cosas del pasado que nada tienen que ver. Peor aún, que eso desemboque en una lluvia de recuerdos, un goteo imparable de vivencias que lleva, inexorable, a colmar la melancolía.

¿De qué vale recordar X cosa con ella si ya no tiene sentido? Además, sin esfuerzo alguno. Es como si una parte de nosotros fuera por libre, liberando recuerdos adormecidos sin utilidad alguna. ¿Por qué ahora? ¿De qué sirve? ¿Acaso va a cambiar algo?

 

No te lo vas a creer, pero me gustabas por algo. Y ese algo seguro que seguía alguna lógica. Puede que fuese tu pelo, forma de reír, cómo comías, la sonrisa pícara, tus piernas, la sátira borde, un abrazo fuerte, comerte los labios, olerte, esperar el día de vernos, mirarte a los ojos, sentirme en casa, tu voz, estar tranquilo, confiar…

Aunque como puedes ver ahora mismo, no me acuerdo nunca de nada.

 

De ahora mismo quizás lo que más me gusta es la libertad. La posibilidad de decir cualquier cosa que siento o que sentí sin ningún temor. Que cualquiera que llegue aquí de casualidad lo lea y le pueda valer, aunque sea para pensar que hay gente muy rara. A mí me da igual, supongo que es más sencillo que exprese en público algo pasado que un sentimiento presente. Por desgracia hace tiempo que no tengo nada que perder, que ojalá que no fuese así.

En algún momento me rompí y me quedé a medio hacer. Estoy incompleto y tengo fallos. Espero que algún día pueda decir que hay más cosas arregladas que estropeadas. Que pueda arreglar y que me arreglen. Ver sonrisas en su máxima extensión.

 

A lo mejor lo que hay que hacer es conformarse. Quizás debamos acostumbrarnos a la idea de que no queda otro remedio. Que no podemos hacer más. Que esta mierda es lo que nos queda y si hay sentimientos pues que se pudran.

Que no te confundan estas ojeras. Y tampoco esta barba que es tan solo para esconder las heridas que me están saliendo en la piel por los besos tuyos que ya no tiene.

Hay quien dice que solo escribimos cuando estamos tristes. Y qué quieres que te diga, pienso que es verdad. A mí no me salen textos bonitos cuando estoy feliz con alguien, llámame egoísta, pero prefiero pegarme un atracón de felicidad con esa persona a tener que compartirlo con nadie más.

Sí, soy así y puedo ser muchas cosas. Puedo ser el que te dice unas tiernas palabras como el que quiere matarte a polvos en una noche memorable. Pero verás, es que eso ya no depende de mí y quizás es por eso por lo que me quemo por dentro, me martirizo y me reprocho la falta de valentía.

A ratos me dan ganas de llamar a tu puerta y escribirte a besos todo lo que se quedó por el camino para que al menos por las noches pueda dormir sin que la conciencia me grite con desprecio.

Y es que para qué quiero estos brazos si no estoy abrazándote como si el mundo se fuera a partir en dos cuando te vayas. De qué me valen estas manos si no pueden trepar por tu espalda, jugar con tus labios y volver a bajar por tu pecho hasta que encuentren una cálida guarida.

Porque los besos que no estoy dando, las miradas que no estoy echando y la voz que ya no escucho están volviendo loca a mi cabeza, mientras pienso que ahí fuera hay un payaso que te hará más gracia que yo y que disfrutará de un tesoro que no se merece ni de lejos. Porque yo sí sabía lo que quería y no necesité mucho tiempo para saber que tu precio no se mide con dinero, porque esa mirada y esa dulzura escondida bajo una sonrisa maliciosa tienen un valor solo comparable a la adicción que producen.

¿Y ahora qué? Explícame por un momento cómo me arranco de la piel cada caricia que me diste y te saco de la cabeza sin perderme. A ver cómo le explico ahora a este corazón que deje de latir como lo hace cuando veo una foto tuya o simplemente leo lo que dices poniendo tu propia voz, con esos dulces labios de los que lo último que recuerdo era que se acabó, que ya no querían saber más de mí aunque no lo dijesen con esas palabras.

Porque elaboramos un manual de instrucciones para saber cómo exprimir lo mejor de cada uno, pero le diste una estocada a este pobre corazón y no tuviste la decencia de dejar unas indicaciones explicando cómo cojones te iba a poder olvidar.

Así que ahora estoy aquí, a medias. Así que no me vengas con que un clavo saca a otro clavo, que hay más peces en el río y esas mierdas. A mí solo me valen ese clavo y ese pez, esos labios afilados que ponen voz a un cuerpo en el que no sobra nada, pero falto yo.

Pero sigue a lo tuyo. La culpa es mía por ser un idiota que pensó que haciendo las cosas medio bien podríamos ser felices poco a poco. Se me olvidó que en este mundo solo los cabrones, pesados o los que se hacen de rogar eternamente tienen una oportunidad.

Así que un día gris en el que la lluvia golpea el frágil cristal de la ventana te encuentras con unos recuerdos que no quieren ser menos y se dedican a sacudir a tu corazón. Sí, a ese que ya dejó de creer que hacer el bien sirve para algo, mientras el cerebro saca a la luz los recuerdos que confirman tan triste teoría.

Porque la única utilidad que le veo a la memoria es cerrar los ojos y recordar con destreza cada parte de tu cuerpo. Incluso saber con precisión milimétrica dónde estaba situado cada uno de los lunares de tu espalda, esos sobre los que se deslizaban mis dedos mientras te susurraba al oído. Eso, cada eterna noche.

Lo triste es que al final lo que más duele es que a lo mejor ni tan siquiera yo fui el que tuvo en su mano destrozar lo poco que habíamos conseguido. Ni tan siquiera me puedo quedar con esa satisfacción. No me has dejado ser el pirómano que nos prendiese fuego. A lo mejor porque en el fondo preferías que la cerilla de otro fuese la que nos consumiese.

(Y con ese último fragmento se vacían los borradores que había escritos desde hace un tiempo de lo que no fue ni ha sido).

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