A veces y siempre

27 Ago

Va camino de un mes desde que todo se desbordó completamente. Antes hubo indicios pero era soportable, luego pasó a ser algo doloroso y ahora simplemente es un dolor en el pecho que aumenta con cada suspiro que sale por una boca que no es capaz de hablar sin que se le rompa la voz. ¿Cómo es posible parar esto, contenerse, no espetarte “Te quise, pero ahora es que te quiero mucho más, no te puedo quitar de la cabeza. No sabía nada de lo que te pasa, no sé de nada, siempre llego tarde. No me esforcé lo suficiente”? Pero sé que esto no se puede enmendar. Que lo que ha pasado no tiene solución.

A veces voy caminando y veo un coche negro y se me parte el alma. Recuerdo los bailes dentro, la complicidad, las canciones, los kilómetros, recogerle las orejas (con él sí se podía, mi chincheta siempre terminaba cayendo), cómo te saludaba y se despedía de ti con las luces, como dije “te quiero” con miedo y eché a correr…

A veces por la calle veo alguien que se parece a ti y se me parte el corazón en dos y no quiero seguir mirando. Lo mismo si entro en cualquier lugar: abro la puerta tragando saliva y pidiendo clemencia. Pero en el fondo quiero verte de nuevo, aun a sabiendas que eso será una tortura igual que ver tus fotos. Tus fotos… verte preciosa y resplandeciente. Tu pelo, la sonrisa de dientes perfectos, los ojos pícaros, tu piel… ¿Sabes? Te veo mejor en mi mente. Porque en las fotos pasan pocos segundos hasta que de nuevo todo se desborda y de nuevo se ve borroso, mis ojos no paran de saludarte con lágrimas cada vez que te ven.

A veces me descubro pensando en ti de golpe. Jugando en la playa, paseando contigo, tomando algo en un bar, dándote un abrazo, tomando unas cañas, gruñendo porque “vas a morir solo”, oyéndote cantar, diciendo que menos mal que estoy de perfil, agarrándome el pelo, subida a un escalón, haciendo bailes locos. Siendo la vida que despertó cosas que no recordaba sentir.

Aunque quizás lo peor no son los “a veces”. Quizás lo peor son los siempres.

Siempre que me levanto de lo primero que me acuerdo es de tu cara. Y la poca paz que ha habido en la noche desaparece de golpe. Igual que las horas de sueño.

Siempre que suena el teléfono voy corriendo a mirar si eres tú. Es absurdo, porque es una doble cuchillada: si no lo eres, que no lo vas a ser; siento pena e indiferencia. Pero si eres, me vuelvo loco y lo único que pienso es en pedir perdón por todo lo que hice y sobre todo, lo que no hice. Incluso de lo que no sabía me siento más culpable aún. No te quiero leer, quiero escuchar tu voz, a mi lado. Juntos.

Siempre me acuesto pensando en que no he sabido valorar las cosas a tiempo. Que la condena va a ser muy larga. Que a lo mejor esto no se cura. Me pregunto por qué tardé tanto en quitarme la venda y me costó reconocer que cometí un (otro) error y simplemente con algo de tiempo las aguas volverían a su cauce. A veces me pregunto por qué demonios te sigo queriendo tanto si sé que no hay retorno y que todo está roto. La respuesta es simple: estás en mi corazón y a cada latido brota un recuerdo. ¿Cómo llegaste allí? Con cada palabra que decías, cada vez que nuestros ojos se cruzaban, cada vez que estuviste cuando lo necesitaba (incluso cuando no lo sabía ni yo), con cada abrazo, broma, risa, susurro, viaje… a cada detalle con la gente por parte de tu corazón, ése que es inmenso y que es uno de tus tesoros.

Ése que no supe conservar ni cuidar. Ése que ya no late por mí y es mi condena.

Era un soplo de aire fresco

18 Ago

Era un soplo de aire fresco.
Una caja de sorpresas inquieta que siempre guardaba algo nuevo en su interior.
Era diez voces hablando a la vez en solo una, rápida y volátil.
Una sonrisa preciosa que escondía pequeñas y divertidas maldades.
Un remolino de actividades e ideas.
La cura a las heridas de años ha.
La paciencia ante todo lo que surgió y debiera de surgir.
Un cuerpo bonito escondido tras vestidos que la hacían brillar con luz propia.
Ganas de bailar, cantar y arder.
El afán de superación en cualquier ámbito de la vida.
También la suma de tristezas y daños varios, aunque no se vieran en la superficie.
Era estornudos tras cambios de luz.
Era una voz fuerte que guardaba los tesoros que había en su interior.
Pero a la vez una voz dulce repleta de travesuras.
Era inteligencia y saber hacer.
Era vida incluso para los que no parecíamos tenerla…

La paradójica altura

10 Ago

Hacía mucho que no me pasaba por aquí tan a menudo. Que no sentía tanta facilidad para dar rienda suelta a mis palabras sin límite alguno. Sé, porque en algo sí me voy conociendo, que solo escribo bonito cuando estoy triste. No necesariamente cuando estoy muy mal, basta que la añoranza o la melancolía me azoten con fuerza. O que la conciencia se quite la mordaza para iniciar una conversación sin fin.

Quizás ahora todo se reduce a 日三秋. He pasado por borradores, imágenes y correos de hace años atrás tras sacudirme el corazón con lo más reciente, como si no tuviese suficiente. He visto patrones, consejos, errores y reacciones. Me he visto definido por los mismos actos y consecuencias una y otra vez. Muchas de ellas, cuando la razón, a la que siempre doy el mayor peso, cae a plomo a manos de los sentimientos en una lucha sin cuartel ni aviso previo.

¿Por qué? Porque quizás en esta ocasión, ver en una foto una sonrisa preciosa en una cara radiante, me haya hecho pensar que fallé al no saber conservarla como un tesoro. Permití que se fuese diluyendo en un mar de errores, roces y tonterías. Y eso, terminó por llevar todo a un estúpido precipicio, y no a uno cualquiera, al mismo de meses anteriores. Porque quizás sea verdad lo que me dijeron hace un tiempo, lo paradójico de mi altura y falta de perspectiva cuando los sentimientos se desbocan. O quizás simplemente soy frío y los sentimientos me llegan descompasados. Y cuando lo hacen, ya simplemente no sé qué es lo que quiero, porque la cordura, harta de esperar, decidió marcharse en busca de un sitio mejor.

No recordaba esta necesidad de huir tan acuciante. Me hace recordar a 1Q84:

– Me dijiste que pensabas irte lejos de aquí. ¿Muy lejos?
– A una distancia que no puede medirse con números.
– Como la distancia que separa los corazones de las personas.

 

 

Cuando suena clic

9 Ago

Ese momento en el que descubres algo o simplemente te sientes engañado. Sea o no real. Tengas o no derecho. Pero en el que notas que se te ha roto algo. Quizás simplemente sea que no te lo esperabas, no tenías ni por qué hacerlo ni tampoco por qué no. Eso da igual. Ha sonado como un “clic” que ha sido casi imperceptible, inversamente proporcional al dolor que ha causado. Porque son las pequeñas cosas las que al final definen las grandes.

Y no tienes derecho alguno a culpar a nada ni nadie. Peor aún: solo a ti. Y entonces no es realmente un engaño. Quizás no has querido ver algo que estaba presente ahí fuera. Entonces es un autoengaño. Puede, y solo puede, que además tuvieses algo dentro desde hacía semanas y no lo hubieses notado. Y al ver de repente una foto, unas simples palabras, ¡boom!, algo salte por los aires. ¿Acaso la razón puede mandar siempre más que los sentimientos?

Hoy me arrepiento de no haber hecho lo que me prometí hace tiempo: escribir en un papel, tras mucho meditar, las razones que me llevan a tomar una decisión importante; siempre en un momento de absoluta tranquilidad y sí, con “perspectiva”. Porque un día no las iba a recordar y dudaría de si eran realmente importantes. Solo recordaría los mil motivos para tomar justo la decisión contraria. Y querría gritar. Porque duele. Vaya que si duele.

Es un texto críptico. Algo que a trozos ha estado unos instantes en Twitter, pero no era buena idea. Personal. Quizás sea mejor alejarse unos días de allí. Incluso no poner aquí estas cosas. Dejarlas en otro lugar más apartado.

Qué demasiado tarde todo.

A veces veo algunas fotos…

23 May

A veces veo algunas fotos tuyas y me viene un sentimiento agridulce, de culpa porque muchas cosas no saliesen bien y otros de ternura porque el cariño por una persona a la que has querido nunca se pierde. Menos aún cuando no te hizo nada malo que haga que se distorsione aún más la realidad.

No he podido evitar tampoco que a mi mente viniese la cadena de casualidades que hicieron que nos conociésemos hace año y medio. Un viaje de vuelta antes de lo previsto, salir a pesar del cansancio, el quedarse un poco más y una anécdota a costa de una antorcha olímpica que encendió sentimientos y apagó viejos temores.

Evidentemente hay cosas bonitas y no tanto. Es lo que tiene ser diferentes y estar en proceso de encajar. La cabezonería de cada uno era particular, ese primer beso con el divertido pulso de “yo me fumo un cigarro”/”te besaré cuando me apetezca”. Son los pequeños detalles los que construyen cosas más grandes.

De la saca de errores no me olvido. Esa la llené bien pronto. De hecho, unas cuantas. Nadie es perfecto y se puede cambiar, reducir o mejorar. Lo importante fue seguir caminando e incluso huir a carcajadas tras un te quiero sincero. De los de dentro. De los de “gracias por estar aquí, a pesar de todo, de mí, de las circunstancias”. De “eres mi casa”. De solo quiero estar contigo.

Dejamos que el sol nos quitase el blanco del invierno y con playa y cervezas pasó un verano que desembocó en la nada. Roces y matices y lo que parecía el fin definitivo después de amagos de un alto inseguro. Aún así, un pequeño café semanas después, un ver a dónde van las cosas y la paz de vuelta. Bendita calma. Sentir todo de nuevo.

Un inicio de año bonito, tanto por el lugar como por la compañía, que es la que hace diferente cualquier viaje. Sintra, Toledo. Y algo que chirriaba. Un ruido de fondo casi imperceptible que aumentó semana tras semana. Y fin.

(Tiempo)

En la cabeza de cada uno aparece lo que la mente quiere. Más detalles bonitos que feos, más recuerdos divertidos que malos ratos. A veces me vienen de golpe errores que cometí, tengo un amplio abanico de posibilidades. Por suerte otras veces caminando, leyendo o viendo algo aparece un recuerdo. Es bonito, pero duele un poco. Es agridulce. Aunque mi cabeza ha intentado mantenerlos a raya.

Me cambiaste, me hiciste mejor (no es por quitar mérito porque albergue rencor, pero lo difícil era lo contrario), me enseñaste mil cosas y tuviste paciencia. Creo que yo dejé también algo de valor. Ya sabes, lo típico de que si entras en la vida de alguien, qué menos que dejar algo. Aunque quizás no todo lo esperado. Pero era un perro verde con un perro rosa a juego…

Inevitablemente y en este ciclo complicado en muchos ámbitos, siento muchas cosas. De hecho, es un lo siento. Di más de lo que hace unos años pensé que podría, tú más aún, pero no me bastó y me duele, porque ni yo mismo comprendo por qué ni qué se podría hacer para cambiarlo.

Sea como fuere gracias. De corazón.