Sentados en tu portal

9 Oct

Aún recuerdo, cuando sentados en tu portal, dejabas caer tu cabeza sobre mi hombro. Te habías terminado de fumar otro cigarro y confesabas que te encantaba posarte sobre mí y que mi voz acariciara tus oídos, porque te aportaba paz y tranquilidad; la que no tenías ni tuviste en tu vida. A mí me hacías sentir útil y querido, me dabas la vida que siempre me faltó y ahora añoro.

Entre el humo de cigarros, confesiones y “me encanta agarrarte el pelo”; bromas, juegos y “vas a morir solo”. Te subías al escalón “para estar a la altura de las circunstancias”, aunque siempre estuviste muy por encima de todas; dentro de ti nunca cupo toda la riqueza que atesorabas, por eso salía con tanta facilidad a través de tus labios, tus ojos, tu sonrisa.

Quizás por ver tus ojos volverse verdes, a veces discutíamos y nos odiábamos solo un ratito, rabiábamos. Pero nos queríamos. Y yo sí te quería, aunque no pares de repetir lo contrario. Cada minuto feliz contigo era puro oro. De frente o de perfil, yo era mucho más contigo. De hecho, sin ti me he vuelto nada.

Nunca dije que habíamos terminado para siempre. No. Está claro que yo tuve la culpa y tomé la decisión que vi correcta dadas las circunstancias. Pero la frase que repetí esas dos horas, que es de lo poco que puedo afirmar con seguridad, es “ahora no podemos estar juntos, no en este momento”. Y pensé que tú sentías lo mismo, porque llevábamos caminando al borde del abismo desde hacía semanas. Ahora juego con la ventaja que da el estar en el futuro de ese momento; tengo la perspectiva, el tiempo, las ganas y el amor desproporcionado del que carecía ese día; lo he tenido todo durante los meses en los que las lágrimas se paseaban con total libertad por el rostro del perro verde.

Lo queremos todo y queremos estar en todas partes, ignorando que estar en todos lados es la mejor forma de no estar en ningún sitio. La omnipresencia es la forma más sutil de ausencia que la soledad conoce.

Hasta paseando me encuentro con frases como la anterior, qué fácil se ve todo ahora, pero las circunstancias han sido las que fueron, de otro modo no sería éste el desenlace. Tiempo, ganas, mente y salud. Y fui a faltar cuando hubiese sido más necesario. Fui a darme cuenta de todo, en todos los ámbitos, demasiado tarde.

Dejo que 日三秋 y saudade me calen. Me da pena que todo lo que siento se vaya consumiendo en la hoguera, donde cada día una pequeña gota va lentamente apagando el fuego. Aunque trato de no sentirte, una parte de mí se resiste con todas sus fuerzas y siempre gana. Es el tercer mes y aún se ve la humareda en mis ojos, mis palabras, mis noches y mis domingos. Yo sí te quise, me despierto murmurando. Y 3 meses no lo cambiaron.

Un día borré todas las frases que durante años tuve en otra página. Me arrepiento también de ello; por suerte eso tiene alguna solución, no como algunos de los cabos sueltos con los que tropiezo por el camino cuando cada noche vuelvo solo a casa, o que me atrapan en unas sábanas frías. Los errores, cuándo aprenderé de los errores, me repito mientras me levanto de la cama.

Mientras, camino sin rumbo. Esperando no sé muy bien a qué, a quién. Ya lo decía Fito en el concierto:

Tengo algo amargo para cada día, tengo un final para cada verano; tengo una esquina junto a mi rodilla, tengo el problema para el resultado.

Soy el autor de mis heridas, qué me importa si es mentira la verdad es que me hacen daño. Si el corazón se te hace migas, la tristeza cada día, viene y come de tu mano.
Y escribo, porque es la forma de sacar los demonios de mi cabeza. En el fondo esto es lo que ha sido siempre este humilde sitio, un lugar para conspirar.

Fito (II)

1 Oct

Habían pasado prácticamente 8 años desde que vi mi primer concierto de Fito y Fitipaldis. Este fin de semana tuve la oportunidad de volver a verlos en mi ciudad con un sonido maravilloso y en una noche con un tiempo inmejorable. Quizás esta entrada se salga un poco del tono habitual, pero fue allí cuando tomé conciencia de que había escrito en el blog sobre aquel concierto de Fito cuando solo tenía 21 añitos. Y recordé cosas de por aquél entonces: situaciones, personas, sentimientos.

Según iban pasando las canciones, disfrutaba cada vez más. Y recordaba más. Tomaba conciencia de todo lo que había pasado y cómo esa música me acompañó a lo largo de tanto tiempo. De cómo hacía 8 años estaba en “pareja” y todos los errores cometidos. De cómo una persona a la que siempre querré no está entre nosotros desde hace ya 4 años, porque la vida no es nada justa. De decisiones tomadas esperando que fueran las adecuadas, cosa que solo el tiempo aclarará. Fueron muchos recuerdos de hacía 8 años y de todas las personas que estaban alrededor, de cómo el tiempo aleja y las circunstancias de cada una de ellas han cambiado enormemente.

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“Si la noche es clara a la luna se le ve el ombligo…”

Llamémoslo vicisitudes

13 Sep

Querer dar un abrazo interminable a una persona. Querer alejarse lo suficiente para no hacerlo.

Mirar constantemente si está conectada para decirla una tontería o algo bonito. Apartar el móvil para no mirarlo.

Querer reír o llorar junto a ella. Querer hacerlo solo.

Pensar en pasar un buen rato juntos. Correr cuando se puede presentar la ocasión.

Superar cosas de día. Dar marcha atrás cada noche con el insomnio.

Querer ayudar. Producir destrucción y dolor.

Haber aprendido con los años. Cometer los mismos y peores errores.

Si alguien sabe dónde tengo el botón de dejar de sentir, por favor que me lo diga o que lo pulse antes de que cometa más errores o pierda a las personas que quiero, otra vez más. Porque ser frío puede provocar que la gente no te entienda, pero así no quemas a nadie y tú te entiendes un poquito. Ir con los sentimientos a flor de piel es muy parecido a estar un campo de batalla desprotegido y con una ametralladora en mano; sin diferenciar entre amigos y enemigos, disparando sin sentido y sin ni siquiera saberlo. Totalmente cegado.

Todos y cada uno de los errores del pasado en lo que a sentimientos se refiere, repetidos de nuevo. ¿Cuándo y por qué dejé de sentir y volví a ser frío? La última vez que me llevé por delante todo. Cuando no había riendas para domar sentimientos.

 

Qué hacer si…

11 Sep

¿Y qué hacer si cuando coincidís fortuitamente, la ves más guapa que nunca? Si piensas que no hay ninguna más bonita, si te dejas caer por su pelo hasta detenerte en unos divertidos ojos que te llevan al tobogán de su nariz, donde caerás hasta llegar a la más dulce y preciosa de las sonrisas. Si su voz te cautiva y te hechiza sin remedio, y asientes con la cabeza mientras todo tu cuerpo lanza al unísono un suspiro.

¿Qué hacer cuando sigues bajando la vista y ves el resto de su cuerpo? Te paseas por sus brazos despacio, puesto que son la llave de sus abrazos infinitos. Bajas por su cuello paseándote por su pecho con dulzura y sigues bajando por un vestido que oculta un bello tesoro, aquél por el que naufragarías una y otra vez, cual pirata que sabe que le costará la vida alcanzar la “x” del mapa del tesoro, pero sabe que es su sino y contra él no se puede luchar.

¿Y si te deslizas por sus piernas? Gráciles y que llevan ese torbellino de emociones de una lado para otro para los demás, aunque ella permanece inmóvil en tu cabeza. Sigues bajando hasta sus pies y de repente caes en cuenta de nuevo en que su dulce voz sigue sonando. Y continuas hechizado con sus palabras, con su dulzura, con sus ojos, con su olor, con su pelo, con su sonrisa…

Y os alejáis tras unos instantes mágicos. Ella se irá como si nada hubiese pasado, puesto que todo ha cambiado y todo esto es ajeno a sus sentimientos. ¿Pero y si tú sigues enganchado y no eres el mismo desde hace meses? ¿Y si te mordió el corazón hace tiempo y su veneno nunca se ha ido? ¿Y si ella permanece en tu memoria día tras día? Porque da igual que sea de noche o de día, haga calor o frío, sea el más bello amanecer o el más tormentoso atardecer; ella está ahí. Capaz de haber convertido un caluroso verano en el más frío de los inviernos, cualquier día en domingo por la tarde, cualquier noche en una cadena perpetua de recuerdos.

¿Y qué hacer si es imposible borrar su recuerdo? No uno, si no todos. ¿Cómo apartar de la cabeza su cara, su mirada, tanto la de hoy como la del día que dejó de ser? ¿Cuál es el secreto para no querer abrazarla de nuevo hasta que el mundo se acabe? ¿Cuál es la solución a no caer en la gravedad infinita de sus labios y su sonrisa? ¿Acaso hay cura para las heridas que uno sufre cuando desliza su mirada por su cuerpo? ¿Existe modo alguno de olvidar su dulzura, sus palabras, sus actos? ¿Hay un corazón más grande que el suyo?

Y termina de alejarse y la pierdes de vista… ¿Cómo es posible que el resto del mundo sea capaz de levantarse al día siguiente después de verla? ¿Cómo puede salir el sol y no estar cegado por el brillo que ella desprende? ¿Cómo puede sentirse la luna después de no haber sido la protagonista de la noche? ¿Sabrán las estrellas por quién deberán brillar mañana?

Y llegarás a casa y no dormirás. O despertarás en mitad de la noche, como hace mucho. Y los recuerdos de mil y un errores se mezclarán con los otros tantos bonitos que tú sí recuerdas. Y no tendrá fin. Porque ella es el más dulce veneno y la más potente cura a cualquier herida, menos a la que su sonrisa produce. Y sonará el reloj y empezará otro día. Y ella no estará a tu lado, pero seguirá merodeando por tu cabeza.

Quizás esta sea la condena. Por cada error cometido, un recuerdo aparece en la memoria. Por eso un manantial de momentos brota a cada instante y cuando te das cuenta estás tomando un café junto a ella en una terraza, una cerveza a solas en un bar, dando un paseo entrelazando los dedos de la mano, desplazando algún pelo rebelde que osa a cubrir esa preciosa cara, viendo cualquier cosa tirados en el sofá, acurrucados en la cama, escuchando cómo su voz hace aún más bonita cualquier canción, jugando en la playa, haciendo el tonto en el coche, viviendo…

Mientras, cada noche, seguiré abrazándote en mis pensamientos. Y la noche será eterna, como lo ha sido cada noche desde que se cayó la venda que tapaba mis ojos y mis sentimientos. Como cada abrazo que me dabas. Como cada beso. Como tú.

Infinitos inconmensurables

6 Sep

Se supone que es imposible medir lo inconmensurable; aunque también a veces lo que parece sencillo de medir, puede tornarse en una tarea ardua. Incluso comparar, porque los matices son muchos y los puntos de vista de también. Así que a veces, cuando algo parece inabarcable, recurrimos al “infinito”.

¿Puede llegar a sentirse como infinitamente triste el que una persona ya no esté a tu lado? ¿Se puede echar “infinito de menos” a alguien? ¿Es infinito el sentimiento de vacío que en ocasiones se siente? Quién sabe. Hay veces que parece que conocemos ese infinito y de repente nos encontramos con algunos días en nuestra vida en los que parece que el supuesto infinito podría ser infinito más uno.

También nos gusta exagerar. Cuando son seis o siete cosas redondeamos con gracia hasta diez. Llegamos a mil siendo seiscientos. A veces cuando es mucho decimos que es infinito. Algo parecido pasa con el tiempo, como la expresión china que parece decir que cuando echas mucho de menos a alguien, entonces un día dura tres otoños.

Y es que hay cosas claras. Que tus abrazos son infinitos. Que la línea de tu sonrisa también lo es. Que tu alegría y ganas de vivir no tienen límite. Que la fuerza de atracción de tus labios es infinita y no tiene escapatoria; como toda tú. Que las penas a tu lado no lo son. Que tus besos eran infinitos. Que tu mano agarrando mi pelo podía detener el tiempo. Que todo es infinitamente extraño ahora. Que te extraño ahora. Que te extraño. Que extraño.

Extraño de tu cuerpo soy, e infinito es el arrepentimiento y desconocimiento de los por qué que podrían recorrer cada centímetro de tu cuerpo; envolviendo la delicada piel que cubre el tesoro que eres.

—Hablando en serio, ¿ella qué perdió? Sólo un estúpido que no la supo amar. Pero tú amigo, tú lo perdiste todo.