A veces veo algunas fotos…

23 may

A veces veo algunas fotos tuyas y me viene un sentimiento agridulce, de culpa porque muchas cosas no saliesen bien y otros de ternura porque el cariño por una persona a la que has querido nunca se pierde. Menos aún cuando no te hizo nada malo que haga que se distorsione aún más la realidad.

No he podido evitar tampoco que a mi mente viniese la cadena de casualidades que hicieron que nos conociésemos hace año y medio. Un viaje de vuelta antes de lo previsto, salir a pesar del cansancio, el quedarse un poco más y una anécdota a costa de una antorcha olímpica que encendió sentimientos y apagó viejos temores.

Evidentemente hay cosas bonitas y no tanto. Es lo que tiene ser diferentes y estar en proceso de encajar. La cabezonería de cada uno era particular, ese primer beso con el divertido pulso de “yo me fumo un cigarro”/”te besaré cuando me apetezca”. Son los pequeños detalles los que construyen cosas más grandes.

De la saca de errores no me olvido. Esa la llené bien pronto. De hecho, unas cuantas. Nadie es perfecto y se puede cambiar, reducir o mejorar. Lo importante fue seguir caminando e incluso huir a carcajadas tras un te quiero sincero. De los de dentro. De los de “gracias por estar aquí, a pesar de todo, de mí, de las circunstancias”. De “eres mi casa”. De solo quiero estar contigo.

Dejamos que el sol nos quitase el blanco del invierno y con playa y cervezas pasó un verano que desembocó en la nada. Roces y matices y lo que parecía el fin definitivo después de amagos de un alto inseguro. Aún así, un pequeño café semanas después, un ver a dónde van las cosas y la paz de vuelta. Bendita calma. Sentir todo de nuevo.

Un inicio de año bonito, tanto por el lugar como por la compañía, que es la que hace diferente cualquier viaje. Sintra, Toledo. Y algo que chirriaba. Un ruido de fondo casi imperceptible que aumentó semana tras semana. Y fin.

(Tiempo)

En la cabeza de cada uno aparece lo que la mente quiere. Más detalles bonitos que feos, más recuerdos divertidos que malos ratos. A veces me vienen de golpe errores que cometí, tengo un amplio abanico de posibilidades. Por suerte otras veces caminando, leyendo o viendo algo aparece un recuerdo. Es bonito, pero duele un poco. Es agridulce. Aunque mi cabeza ha intentado mantenerlos a raya.

Me cambiaste, me hiciste mejor (no es por quitar mérito porque albergue rencor, pero lo difícil era lo contrario), me enseñaste mil cosas y tuviste paciencia. Creo que yo dejé también algo de valor. Ya sabes, lo típico de que si entras en la vida de alguien, qué menos que dejar algo. Aunque quizás no todo lo esperado. Pero era un perro verde con un perro rosa a juego…

Inevitablemente y en este ciclo complicado en muchos ámbitos, siento muchas cosas. De hecho, es un lo siento. Di más de lo que hace unos años pensé que podría, tú más aún, pero no me bastó y me duele, porque ni yo mismo comprendo por qué ni qué se podría hacer para cambiarlo.

Sea como fuere gracias. De corazón.

¿Cómo se imagina el futuro, Adèle?

10 may
– ¿Cómo se imagina el futuro, Adèle?
– No lo he pensado… Cuando era pequeña sólo deseaba una cosa: crecer. Quería que sucediera deprisa. Pero ahora no sé para qué ha servido todo esto. No sé para qué. Hacerme mayor… El futuro es como una sala de espera, como una gran estación con bancos y corrientes de aire. Y detrás de los cristales un montón de gente que pasa corriendo, sin verme. Tienen prisa. Cogen trenes o taxis. Tienen un sitio a donde ir, alguien con quien encontrarse. Y yo me quedo sentada, esperando.
– ¿Qué espera, Adèle?
– Que me ocurra algo.
(La chica del puente)

Esto también pasará

9 may

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:

– Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.

Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:

– No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje.

El anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey.

Pero no lo leas – le dijo – mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino.

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso. Simplemente decía:

– Esto también pasará.

Mientras leía estas palabras sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.

El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música y bailes. Él se sentía muy orgulloso de sí mismo.

El anciano estaba a su lado en la carroza y le dijo:

– Apreciado rey, le aconsejo leer nuevamente el mensaje del anillo.
– ¿Qué quieres decir? – preguntó el rey – Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta. No estoy desesperado y no me encuentro en una situación sin salida.
– Escucha – dijo el anciano – este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas. También es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará” y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Lo bueno era tan transitorio como lo malo.”

1Q84

26 abr

portada-1q84

“1Q84″, de Haruki Murakami.

Aunque me ha llevado lo indecible leerlo, por fin terminé los 3 tomos que componen esta obra. ¿Por qué tanto tiempo? Pues una mezcla de no disponer de ratos largos para leerlo y también porque el ritmo de esta trilogía resulta bastante lento a veces, es más; se podría condensar la obra en la cuarta parte de su extensión y no se perdería nada importante. Todo eso no quita para que sea una obra buena, pero no mucho más de un 3/5 en valoración.

En el primer tomo se nos cuenta cómo un profesor realizará la corrección del libro de una adolescente con dificultades para expresarse. Y como esa corrección se presentará a un premio al que no debería optar, ya que está modificada por un adulto. A partir de ahí, los acontecimientos (aunque lentamente) se irán desatando. Todo ello será narrado de una forma peculiar, siendo cada capítulo visto desde la perspectiva de dos de los personajes principales (tres en el último tomo), el profesor/corrector Tengo y una monitora de un gimnasio “ajusticiadora”. Entrará en juego una asociación religiosa que ve peligrar su culto por lo que se narra en el libro, una anciana que busca la justicia para aquellos hombres que escapan de la “justicia legal”, un editor de libros con pocos remordimientos y algunos dispares personajes.

El contenido e ideas de la obra son geniales, sin embargo, la lentitud de 1Q84 puede hacer que mucha gente tire la toalla. No es hasta el final del primer tomo cuando todo comienza a precipitarse, algo que se repite en los finales del segundo y tercero, siendo el resto un poco insulso. El final tampoco ayuda mucho, ya que deja tal cantidad de cosas abiertas que hace pensar que hay una cuarta parte, cosa que no es así. ¿Merece la pena leerlo? Sí, pero armado de paciencia, pues Haruki Murakami quería un 1Q84 que se desgranase lentamente.

– Me dijiste que pensabas irte lejos de aquí. ¿Muy lejos?
– A una distancia que no puede medirse con números.
– Como la distancia que separa los corazones de las personas.

Yo, al menos, no lloro. Pero no me enorgullezco…

12 abr

Yo, al menos, no lloro. Pero no me enorgullezco de ese estreñimiento emocional. Sé de mucha gente que aquí de pronto suelta el trapo y llora inconsolablemente durante media hora, y luego emerge de ese pozo en mejores condiciones y con mejor ánimo. Como si el desahogo les sirviera de ajuste. De manera que a veces lamento no haber adquirido ese hábito. Pero quizá tenga miedo de que si me aflojo, mi resultado personal no sea el ajuste sino el desajuste. Y ya tengo, desde siempre, suficientes tornillitos a medio aflojar como para arriesgarme a un descalabro mayor. Además, para serte estrictamente franco, no es que no llore por miedo a aflojarme, sino sencillamente porque no tengo ganas de llorar, o sea, que no me viene el llanto. Esto no quiere decir que no padezca angustias, ansiedades, y otros pasatiempos. Sería anormal si, en estas condiciones, no los padeciera. Pero cada uno tiene su estilo. El mío es tratar de sobreponerme a esa minicrisis por la vía del razonamiento. La mayoría de las veces lo logro, pero en cambio otras veces no hay razonamiento que valga. Destrozando un poco el clásico (¿Quién era?) te diría que a veces hay corazonadas de la razón que el corazón no entiende.

Mario Benedetti